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El nuevo Eldorado

Francesc Peirón | 23/10/12


A las tres de la madrugada, el vestíbulo de la estación de ferrocarril de Fargo presenta un lleno hasta la bandera. Desde posjuerguistas a familias, de tipos solitarios a expertos buscadores de conversación. La monotonía cromática se rompe al entrar una joven negra. Su destino, Williston, el nuevo Eldorado de Estados Unidos.

¿Qué pasa en Williston? Hacer una reserva de hotel se convierte en un desafío. No sólo por el precio -disparatado para una ciudad en medio de la nada de Dakota del Norte-, sino porque resulta casi misión imposible dar con una habitación disponible. "No hay ningún acontecimiento especial, simplemente tenemos mucho movimiento", responde desde su teléfono móvil Tom Rolfstad, director de la oficina municipal de Desarrollo Económico, al concertar una entrevista.

El Empire Builder, este tren transcontinental que atraviesa siete estados, de Illinois a Washington, con final en Seattle, sigue acumulando retraso. Cuando todavía falta una hora para llegar a Williston, el vagón panorámico ofrece una ilustración de lo que se llama el oil boom, la fiebre por el oro negro que desde hace tres años experimenta este territorio.

Ahí están las vacas y los terneros, al lado de las grúas de perforación petroera, las tuberías, los silos de gas o los conjuntos de casas prefabricadas o de caravanas conocidos como men camps o campamentos de hombres, donde se da albergue a los trabajadores de las explotaciones. Resulta certero, desde este observatorio, el título que The New Yorker le dio a su reportaje dedicado a este lugar: "Kuwait en la pradera".

Al poner el pie en tierra, la primera sensación del viajero no es otra que la desolación, un sentimiento que se acentúa por el viento y una temperatura por debajo de los cero grados. Williston aparece como un enclave destartalado, con un centro histórico que carece de enjundia, de edificios desconchados. Para echar a correr y regresar al calor del tren.

Sheila ejerce de taxista en la tierra de la abundancia. "Conseguir trabajo es de lo más fácil", asegura. A sus 68 años, se ha metido en este negocio porque tampoco hay suficientes conductores. Dice que le va bien, aunque duerme en el coche como otros muchos. Confortable, tal vez, al ser un 4x4, pero no deja de ser un coche. "Los apartamentos son pocos y caros", aclara.

"Precios incluso de Manhattan", ratifica el planificador Rolfstad. En 36 meses, la población ha pasado de 12.500 residentes a 25.000 y esperan alcanzar los 50.000. En este periodo se han construido 2.500 pisos, 500 casas y montado 1.000 unidades temporales. Insuficiente. Al revés de la depauperada España, les haría felices una burbuja inmobiliaria.

"A diario llegan 150 personas a la oficina de contratación, de todo el país", añade. Que haya faena no garantiza la contratación. Las explotaciones precisan una serie de requisitos, incluso se hacen análisis de drogadicción, de manera que fichan a los que vienen de otras perforaciones.

En el último año se han abierto siete hoteles. De camino a uno de ellos, la ruta parece un tránsito por el desierto pero, entre tanto camión cuba, sin la mística y la poesía que se asocia a la aventura de la arena. En un territorio tan extenso, en la carretera no se cabe. "Este es el inconveniente", reconoce Rolfstad. "Esta es una comunidad amigable pero que -confiesa- se enfrenta al problema de no estar acostumbrada a hacer colas o a los atascos de tráfico o a los accidentes".

La recepcionista -Beejay, indica su placa de identificación- hace el registro del cliente mientras atiende cuatro llamadas. "Sold out" (todo vendido), responde a la primera. Le siguen: "no tenemos nada", "no" e "imposible". ¿Qué sucede? "Las empresas reservan habitaciones en paquete, y por periodos largos, para que viva su gente", explica.

"Han venido 400 compañías y subiendo", subraya Rolfstad. El petróleo no es algo inédito en Williston. En 1951 se descubrió el área de Bakeen, punto de partida. En 1973 se produjo el anterior boom. Fue una producción que situó a Dakota del Norte en el noveno lugar en el ranking de EE.UU. Sin embargo, el avance tecnológico, y el consiguiente desarrollo de las perforaciones, facilitó el conocimiento de que, por debajo de la capa que se pensaba cerraba la concentración, había todo un océano de petróleo. Fue la mayor detección desde 1968.

Hoy, a diario se extraen de 600.000 a 700.000 barriles. Dakota del Norte ha saltado al segundo lugar, sólo por detrás de Texas, y después de superar a Alaska y California. Calculan que este empuje se prolongará alrededor de 20 años. Un margen suficiente para continuar avanzando en el desarrollo técnico que permita indagar a más profundidad y que Williston diversifique su negocio y logre un urbanismo más adaptado a esta realidad.

Tal vez entonces ya no se precisarán los campamentos de hombres. De camino a uno de estos núcleos residenciales con unos empresarios, el que sale peor parado es Obama. Si bien el presidente apostó por la autosuficiencia petrolífera para el 2025, si por ellos fuera, lo empaquetarían y enviarían a otro país. Lejos.

El Bear Pawn Lodge -así le llaman a este men camp, pese al 7% de mujeres entre los casi 600 alojados-, es una concentración de barracones azules con dos controles de acceso. Neck Nelson, asistente del mánager, hace de guía. Está prohibido hablar a los residentes, cuya admisión la negocia cada compañía, o fotografiarles. Según Nelson, su jornada laboral, sometidos al rigor meteorológico, se extiende de cuatro y media de la madrugada a seis de la tarde. Por eso ahora hay tan poco movimiento en el interior.

Los cuartos, individuales o dobles, son espartanos aunque dispongan de televisión o microondas. El recinto cuenta con comedor, sala de juegos, de internet, gimnasio o tienda de ropa. No se permite el consumo de alcohol. Por lo visto, no resulta sorprendente que en el Williston Herald los califiquen de "guetos".

Los huéspedes acostumbran a hacer seis semanas en el tajo y dos de asueto. Idéntico calendario al de Nelson, originario de Virginia, que estuvo cuatro años en los marines. Se licenció un viernes, el pasado junio, y el martes ya desempeñaba este cargo, doce horas al día. "¿Si está bien? No te disparan, ni hay bombas, ni matan a nadie, que son cosas que experimenté en Iraq o Afganistán".

De regreso a la estación, esta vez el taxista es somalí. ¿Qué hace un somalí en este rincón del planeta? Aquí está tras recorrer varias ciudades del país. La última, Minneapolis. Ha venido atraído por la llamada laboral. Está a la espera de que le acepten en un pozo. Sus palabras de despedida resumen la idea que despierta la ciudad en este viajero.

-¡Brother! (hermano), este no es sitio para pasar toda la vida.

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