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"A Marcelino Camacho hay que quererle o dejarle por imposible"

Mar Díaz - Varela | 29/10/10

“A Marcelino Camacho hay que quererle o dejarle por imposible”. Esta era la frase que repetían una y otra vez sus compañeros de Comisiones Obreras y probablemente la que mejor define al viejo luchador sindical.

En lo personal se le quería porque era una persona entrañable, pero en lo político era como el azote de Cristo. Sus planteamientos eran tan reiterativos en la defensa de los trabajadores contra el gran capital que acababa por aburrir.

Lo que nadie puede negarle es que ha sido un hombre absolutamente fiel a sus ideas y a su familia. Desde el 2 de febrero de 1935 en que se afilió al Partido Comunista de España, nunca dejó de militar activamente. Esta fidelidad la ha mantenido con la misma firmeza con su mujer, Josefina Samper, con la que se casó en 1948 y a cuyo lado ha permanecido a pesar de los largos años de prisión por su defensa del movimiento obrero.

En lo que Marcelino Camacho cambió fue en su militancia sindical. Durante la República se afilió a UGT, a la que también perteneció su padre, el guardaagujas de la estación de la Rasa (Soria). Tras el levantamiento militar del 18 de julio formó parte del movimiento de ferroviarios que cortó el avance de las tropas del General Franco y se unió al bando repubicano. Por esta militancia estuvo en campos de concentración y fue trasladado a Tánger de donde escapó y quedó atrapado en el Marruecos francés.

Tras el indulto de 1957 regresó a España y trabajaba como obrero metalúrgico en la Perkins. Siendo elegido como enlace sindical, lo que le permitió infiltrarse en el sindicato vertical y organizar las grandes movilizaciones contra el Régimen.

Aquel movimiento que fue saliendo de forma casi espontánea de los centros de trabajo fue el embrión de lo que se denominó las Comisiones Obreras. Fue articulado por el PCE, aunque en su seno tuvieron cabida todos los movimientos de izquierdas -desde los de tendencia cristiana hasta la Falange crítica y por supuesto los partidos comunistas en sus diferentes tendencias (de prosoviéticos a los troskistas, etc.)-.

Esa militancia sindical provocó su detención junto a otros diez dirigentes obreros, entre los que se encontraban Nicolás Sartorius, Paco el cura, Eduardo Saborido, Juanín, Santiesteban. Los denominados los diez de Carabanchel fueron juzgados en el llamado Proceso 1001 que acabó convirtiéndose en un juicio contra la Dictadura. El juicio se produjo el 20-N de 1973 coinciendo con el atentado contra el Almirante Carrero Blanco. Los sindicalistas fueron condenados a 20 años de prisión y provocó un movimiento de solidaridad internacional.

Con la desaparición del sindicato vertical, en 1976 las Comisiones Obreras se constituyen en confederación sindical y Marcelino Camacho es elegido secretario general, cargo que mantuvo hasta 1987 cuando dejó el sindicato en manos de Antonio Gutiérrez.

El enfrentamiento que posteriormente mantuvo con el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, por su revisión eurocomunista le puso contra el sector moderado del sindicato. Las discrepancias le obligaron a dejar el sindicato en el 6º Congreso (1996). Marcelino siempre contó con el apoyo del sector crítico de CC.OO. liderado por Agustín Moreno y Salce Elvira.