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La gran estrategia (1)

Xavier Batalla | 04/09/10

Estados Unidos nunca olvidará el 11 de septiembre del 2001. A las 7.59 horas de aquel martes, el vuelo 11 de American Airlines despegó del aeropuerto Logan, en Boston, con 81 pasajeros y 11 tripulantes. A las 8.13 el avión giró inesperadamente hacia el sur. Y unos minutos después, los controladores, desconcertados, recibieron dos llamadas telefónicas procedentes del vuelo 11. Un grupo de hombres de origen árabe había atacado a un pasajero y había degollado a dos miembros de la tripulación antes de hacerse con el avión. Los controladores preguntaron a una de las azafatas si conocía la situación del vuelo. La mujer, Madeleine Amy Sweeney, contestó: “Veo agua y edificios. ¡Dios mío, Dios mío!”. El agua era el río Hudson. Los edificios eran Nueva York.

A las 8.46 horas, el avión de American Airlines, con 20.000 galones de combustible, se precipitó contra la parte superior de la torre norte del World Trade Center. Minutos después, a las 9.03, un segundo avión, el vuelo 175 de United Airlines, se estrelló contra la otra Torre Gemela. Otro aparato se lanzó contra el Pentágono a las 9.37. Y un cuarto avión se precipitó contra el suelo, a las 10.03, en Shanksville (Pensilvania), después de que los pasajeros, alertados por teléfono de lo que ocurría en Nueva York, se enfrentaran a los secuestradores. El objetivo de este avión debía de ser la Casa Blanca o el Capitolio, sede del Congreso de Estados Unidos. Diecinueve terroristas suicidas, con un presupuesto de medio millón de dólares, acababan de matar a 2.976 personas (pertenecientes a setenta nacionalidades), la mayoría estadounidenses.

“La noche ha caído sobre un mundo diferente”, dijo el presidente George W. Bush a sus conciudadanos. El crimen había puesto al descubierto la vulnerabilidad de la superpotencia, pero no sería esta la primera vez que una agresión iba a cambiar la relación de Estados Unidos con el resto del mundo. El hundimiento del Lusitania en 1915 por un submarino alemán (1.200 muertos) fue uno de los motivos que precipitaron la entrada estadounidense en la Primera Guerra Mundial. Y el ataque japonés contra Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, con la muerte de 2.043 estadounidenses, hizo que Washington declarara la guerra a Japón. La respuesta estadounidense a la agresión del 11 de septiembre fue la guerra contra el terrorismo, cuyo primer escenario sería Afganistán, y el segundo, el Iraq de Sadam Husein.

La política estadounidense se ha basado históricamente en una serie de documentos seminales, desde la doctrina Monroe hasta la política de la contención hacia la Unión Soviética, que explican el porqué de la conducta de Washington en el exterior. Son documentos que en su momento establecieron lo que se consideró la gran estrategia para la seguridad nacional. Y Bush, después del 11 de septiembre, creyó haber dado con una gran estrategia que, en el nuevo escenario, una vez enterrada la guerra fría, garantizaría la hegemonía estadounidense en el siglo XXI.

En enero de 1950, en plena guerra fría, dos acontecimientos impulsaron al presidente Harry Truman a pedir a los departamentos de Estado y de Defensa que revisaran la estrategia de seguridad nacional. Truman había aprobado la gran estrategia propuesta en 1946 por el diplomático George Kennan para contener a la Unión Soviética política y económicamente, pero la explosión del primer ingenio nuclear soviético en agosto de 1949 y el triunfo de la revolución maoísta dos meses después activaron las alarmas. El resultado fue un documento, el NSC-68, que militarizó, contra la opinión de Kennan, la contención.

El principal artífice del NSC-68 fue Paul Nitze, amigo pero antagonista de Kennan en el Departamento de Estado. Ante la existencia de una amenaza sin precedentes, Nitze optó por militarizar la contención. Descartó la opción aislacionista por considerarla una capitulación. Y apostó por el rearme, que fue aprobado por Truman. Pero Nitze, pese a su mentalidad de halcón, rechazó la guerra preventiva por “repugnante y moralmente corrosiva”.

Medio siglo después, Bush creyó tener otra gran estrategia. Y decidió enmendar la plana a la estrategia de la contención que pudo con la Unión Soviética. Pero con Bush nada sería igual. Primero, porque los documentos seminales de la nueva estrategia –con el neoconservador Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa, en el papel de Paul Nitze– se escribieron mucho antes del 11 de septiembre. Y segundo, porque la estrategia de Bush se basó en la militarización de la política exterior, pero renunció a la contención del régimen de Sadam y apostó por el ataque preventivo.

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