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Un ministro de Sarkozy se tambalea

Lluís Uría | 04/09/10


El cerco se cierra sobre Eric Woerth. El ministro francés de Trabajo, puntal de la reforma de las pensiones impulsada por Nicolas Sarkozy, está contra las cuerdas después de que la enésima revelación periodística sobre sus estrechas relaciones con la principal accionista del grupo L'Oréal, Liliane Bettencourt, le haya colocado en una situación insostenible. Mientras el frente político se agravaba –con insistentes peticiones de cese por parte de la oposición–, a Woerth se le abrió ayer un nuevo y peligroso frente: los sindicatos, que hasta ahora se habían conducido con una exquisita neutralidad en este affaire, rompieron su política de no beligerancia y descalificaron al debilitado ministro de Trabajo como interlocutor en la discusión sobre la reforma de las pensiones. Incluso algunos empresarios, reunidos en la universidad de verano de la organización patronal Medef, consideraban confidencialmente que la única salida de Woerth es la dimisión.

A cuatro días del inicio del debate de la reforma de las pensiones en el Parlamento –y de la gran movilización convocada por las centrales sindicales contra el proyecto–, la pregunta que todo el mundo se hace es si el ministro de Trabajo podrá aguantar la presión. Nicolas Sarkozy y el primer ministro, François Fillon, renovaron apresuradamente –aunque comedidamente– su respaldo a Woerth. Pero en privado algunos colaboradores del presidente francés admiten que la situación se ha vuelto “muy complicada”.

El agravamiento de la posición del ministro de Trabajo se ha producido después de que el semanario L'Express obtuviera –y publicara– una carta de Woerth dirigida a Nicolas Sarkozy en la que abogaba por la concesión de la Legión de Honor al financiero Patrice de Maistre, administrador de la fortuna de Liliane Bettencourt. La misiva data de marzo del 2007, en vísperas de las elecciones presidenciales. Simple diputado, Woerth actuaba en aquel momento como tesorero de la UMP –cargo del que ha dimitido recientemente– y recaudador de fondos para la campaña de Sarkozy, y en su carta glosaba los servicios prestados por De Maistre.

El problema, para el actual ministro de Trabajo, es doble. Por una parte, la misiva confirma sus relaciones con el administrador de Bettencourt, miembro del grupo de donantes del partido gubernamental –el denominado primer círculo– y que a finales de ese año contrató a su esposa, Florence Woerth, para gestionar los activos de la heredera de L'Oréal. Por otra parte –y más grave todavía–, la revelación de esta gestión pone seriamente en entredicho la palabra del ministro, que hasta ahora había pretendido no tener nada que ver con la condecoración de De Maistre.

La oposición, con el Partido Socialista a la cabeza, ha salido a pedir abiertamente el cese de Woerth. Y los secretarios generales de los dos principales sindicatos –Bernard Thibault (CGT) y François Chérèque (CFDT)– han cerrado la tenaza proclamando que negociar con el ministro de Trabajo en las actuales circunstancias resulta “imposible”. ¿Estará Woerth en el hemiciclo el próximo martes para defender el proyecto de reforma de las pensiones? Preguntado directamente sobre ello en la universidad de verano del Medef, el ministro contestó ambiguamente: “Más valdrá...”. La presidenta de la patronal, Laurence Parisot, se guardó mucho de expresar su apoyo a Eric Woerth. “Yo apoyo la reforma de las pensiones”, reafirmó tirando pelotas fuera.

Sarkozy, hasta el momento, aguanta a su ministro de Trabajo contra viento y marea. Pero lo que no puede evitar es que aparezca a ojos de todo el mundo como un ministro amortizado y –por utilizar la expresión de un dirigente socialista– literalmente “carbonizado”. El propio calendario públicamente marcado por el presidente francés juega, en este caso, en su contra. La proximidad de la remodelación gubernamental prevista –y anunciada– por Sarkozy para finales de octubre hace que resulte imposible imaginar la continuidad de Woerth en el Gabinete más allá de esa fecha. Más débil, imposible.

De hecho, es todo el Gobierno el que se encuentra en una extraña e infrecuente situación de interinidad. Salvo los ministros más próximos y más fieles al presidente –el del Interior, Brice Hortefeux, el primero–, los demás tienen su continuidad en el alero. Empezando por el primer ministro. Fuera del Gobierno, François Fillon, que ha conseguido labrarse una mejor imagen que el presidente, podría convertirse en un futuro eventual recambio de Nicolas Sarkozy.