Qué tendrá Belén Esteban
Seis millones y medio de personas. Esa es la cantidad de almas que se entregaron con morbosa atención a la reconstruida Belén Esteban la noche del viernes. Una audiencia casi imposible sólo acariciada por las televisiones con las finales o los choques entre los grandes del fútbol. La revista Lecturas, que avanzó en exclusiva la cara cicatrizada de Belén Esteban, la llevó de nuevo ayer a su portada después de agotar las dos ediciones en exclusiva que sacó la semana pasada. En este país parece que uno, por docto que sea, no es alguien si no está al tanto de los andares y las penas de la Agustina de Aragón posmoderna, digamos para darle un aire épico a la señora, porque a Paris Hilton (con la que la ha comparado alguno de mis colegas) en nada se parece... Belén Esteban es el vivo ejemplo de cómo la televisión fabrica un producto y de cómo este se reinventa a sí mismo para garantizarse la supervivencia.La gente mira a Belén Esteban con cierta admiración, entiéndanme, como si observara a un pequeño monstruo. Más que telebasura en estado puro, es freakismo. Y mal gusto. Los medios de comunicación, y la televisión en particular, se han convertido en el ágora pública donde se da y se quita la fama sin más referencia que el share. Así que un buen día se eleva a alguien como Belén Esteban a diosa de una cadena (incluso este año dará las uvas en Telecinco) cuando su único mérito conocido es el de ser la ex de un torero más popular que brillante. Paolo Vasile le paga 300.000 euros al año por su lengua viperina y su descaro. La ex jesulina ciertamente vive como una reina (de bastos) despotricando del torero en cualquier plató que resista sus gritos, blasfemias y tacos. Es la exhibición perfecta de la vulgaridad contemporánea. De Belén Esteban se espera: una, que humille a la que ahora ocupa el lecho de Jesulín, una tal Campanario que hace lo propio en la cadena de la competencia, Antena 3; y dos, que aguante cómo las lobas y algún lobo del marujeo intentan descuartizarla. Todo muy pedagógico y de gran elegancia intelectual.
La lucha por las audiencias conduce a algunas cadenas a lo obsceno, a lo vulgar, porque es lo que vende y en la tele sólo cuenta el resultado, ni moralidad ni decencia. Es la exposición pública de lo monstruoso lo que seduce hasta adocenarnos, y de esa cueva de monstruos salen pobres desgraciados/as, villanos/as, jóvenes ultrajados/as y... ¡Belén Esteban! Se vuelve cierto aquello de que la televisión deforma más que forma.
Digo todo esto pero confieso que yo también fui víctima del belenismo el viernes. Puesto que no acabo de entender por qué los individuos están tan necesitados de melodramas vulgares, le pregunto a un amigo filósofo qué opina. Esta es su teoría: el buen ejemplo genera mala conciencia; el mal ejemplo, buena. O sea que mientras miramos a Belén Esteban respiramos aliviados pensando que podríamos ser como ella pero no lo somos.
Más información